El ejemplo de Ascensión.

Posted on 2 octubre, 2010

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Artículo de Denisse Maerker publicado en El Informador el 27 de septiembre del 2010:

Secuestraban en promedio a uno por semana, a veces eran dos. En Ascensión, Chihuahua, todos eran víctimas potenciales: restauranteros, ganaderos, agricultores, pobres y ricos. Al final se llevaban a cualquiera y pedían 30 mil o 40 mil pesos. En el pueblo cuentan que todos sabían quiénes eran los responsables. Pero no pasaba nada. A veces los detenían, pero en no más de 15 días veían que ya estaban de regreso. Se cansaron. En mayo de 2009 un grupo de 500 habitantes tomó la presidencia municipal para exigir protección y garantías. Los secuestros continuaron.
Hace dos meses optaron por organizarse. Cuando el lunes pasado los pandilleros robaron una troca, en Ascensión todos estaban listos. Al día siguiente, tal y como lo esperaban, los pandilleros secuestraron a una jovencita que trabajaba en la marisquería, iban en la camioneta robada. Los empezaron a perseguir. En una carretera a la salida del pueblo, los secuestradores se toparon de frente con militares y tratando de evitarlos, se accidentaron. Tres fueron detenidos por la gente y entregados a los militares, los otros dos escaparon corriendo entre los cultivos. La persecución duró dos horas. Los habitantes solicitaron la ayuda de la avioneta que se usa para fumigar. Cuando los lograron ubicar se lanzaron sobre ellos.

No es difícil imaginar su estado: iban excitados por la persecución, exasperados y furiosos porque los militares se habían llevado a los otros tres pandilleros en lugar de que se les enjuiciara en Ascensión, temerosos de que otra vez las autoridades los fueran a soltar y con pánico a las represalias. La paliza fue mayúscula. Los entregaron, sin embargo, todavía vivos a la policía federal. Eran 2 mil habitantes los que habían participado en la persecución. La policía los metió dentro de una patrulla, se los querían llevar. La gente los rodeó, no querían, insistían en que permanecieran en el pueblo. La discusión se eternizó y los jóvenes maltratados murieron sofocados.

— No queríamos llegar a tanto —me dice uno de los habitantes—. Sin embargo, agrega: “Nunca vino nadie cuando nos secuestraban”. Ese día, en cambio, sobrevolaron dos helicópteros la zona, llegaron 34 patrullas y cientos de policías federales y de elementos del Ejército. Desde entonces han recibido la visita de sicólogos, acaba de ir el subprocurador en persona y varios ministeriales de Ciudad Juárez y de Casas Grandes.

El balance es inquietante. Los habitantes de Ascensión son gente trabajadora, ninguno buscaba provocarle la muerte a nadie, querían justicia y atención. Y lo lograron por el camino de los hechos. En Ascensión hay temor todavía a una posible represalia, corren rumores, pero la gente se siente satisfecha.

— ¿Cómo se sentía el ambiente en el pueblo después de lo ocurrido? —le pregunto a mi interlocutor. —Como un domingo cualquiera, la gente tranquila en las calles, como antes.
En Ascensión la gente triunfó. Así lo sienten y así parece. Pero el ejemplo puede cundir y no sería una buena noticia para el país.

En lo único que no estamos de acuerdo con Denisse Maerker es que no sería una buena noticia para el país. Al contrario, la organización de la sociedad sería una muestra del poder y del crecimiento de la sociedad civil.

Sin respuesta de ningún actor político, social, económico pertinente por defender los derechos humanos, la sociedad asumirá ese papel, y en realidad la sociedad mexicana se ha tardado mucho tiempo en reaccionar.

Despertar.

Una noticia que podría difundirse como pólvora y que cambiaría de la pasividad y conformismo característicos de los mexicanos por la acción y la demanda de sus derechos.

No, no es una mala noticia. Es la respuesta natural que nos hace falta.

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