En Defensa de la Protesta

Posted on 29 noviembre, 2014

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La protesta en México es, generalmente, mal vista. Un acto que sólo los pobres, maleducados, nacos, obreros, indígenas y clases bajas pueden darse el “lujo” de efectuar. Es decir, los flojos, los nadie, los ignorantes. Todos aquellos que no tienen otra mejor ocupación. Todos aquellos de los cuales buscamos diferenciarnos y alejarnos; los marginados.

Su fin, se presume, es perturbar al resto de la población, la sociedad productiva y educada.

La protesta se descarta como un método bajo, sucio y grotesco. Acción que reclama “violentamente”ser escuchada y llamar la atención hacia las tinieblas de la realidad nacional. Nos confronta con aquello que preferimos ignorar, minimizar o negar. La clase media y alta mira la protesta de reojo como una forma ineficaz y primitiva, objeto de burla, vergüenza e insultos despectivos.

Es tan abominable, dice la clase educada y productiva, que tomarse el tiempo de escuchar las demandas, los argumentos y las circunstancias de los manifestantes es impensable. Son tan poca cosa; seres tan terribles que sería preferible desaparecerlos de nuestra sociedad. Una enfermedad, un cáncer peligroso y agresivo.

Y así, el sistema económico, social y político resisten, en principio, no a la protesta, sino a la misma existencia de los marginados. Este acto cívico descubre lo oculto, lo tabú, los crímenes perpetuados por las autoridades y las clases favorecidas. En este contexto la protesta se vuelve necesaria: efectuarla, un derecho y escucharla, un deber.

La protesta es por necesidad un acto sonoro y visible. Esa indignación y descontento que confronta. Se muestra al aire libre en calles y plazas e inevitablemente llegan los reclamos y quejas al resto de la sociedad. Lo silenciado se hace público.

Aunque a la clase media y alta le parezca inverosimil, la finalidad de la protesta no es violentar los derechos de los demas, sino probar al sistema democrático. La protesta persigue expandir los derechos a los marginados del sistema, es así que su fin es expandir derechos, no contraerlos. Este reclamo ante los oídos y ojos de la sociedad civil muesta la capacidad democrática de una sociedad de entablar un diálogo. En el diálogo se hacen compromisos y se llegan a acuerdos. En el diálogo se reconocen las posturas y circunstancias de los distintos actores. En el diálogo se abren las puertas para mayor justicia.

Indudablemente, la protesta, como cualquier otro derecho, puede ser mal usada—con fines de desestabilización, dicen algunos. Pero ello no desvirtúa su importancia o justifica su represión y/o criminalización. En el contexto de la democracia, la obligación de las autoridades y la sociedad general, es reconocer los llamados y circunstancias de los manifestantes. Es preocupante que en México cualquier protesta, independientemente de las circunstancias, grupo social o argumentos, es considerada un acto vandálico por un gran sector de la sociedad. Sí, actos vandálicos durante las protestas deben estar sujetos al castigo de la ley bajo el respectivo proceso judicial. Pero pensar que una protesta de miles, por los actos vándalicos de diez, pierde seriedad y credibilidad es completamente erróneo. En una democracia, los derechos (libertad de expresión u organización o educación) no son revocados por el mal uso de algunos; al contrario, se evalúa el “mal uso” y se toman medidas para el uso correcto de este derecho.

Nos guste o no, lo reconozcamos o no, el ejercicio de la protesta representa la más pura expresión de democracia directa (en comparación con la tibia democracia representativa donde las decisiones se toman a puertas cerradas por políticos que asumimos conocen nuestra postura). La protesta cumple el propósito de confrontar a la sociedad misma ante sus debilidades y tabús. Este diálogo implica compartir información, conocer a los otros grupos sociales, adquirir una postura informada, y la posterior organización de la sociedad civil. Esta es la democracia utópica que la mayoría de las sociedades persiguen.

En México se corre un riesgo muy alto si no analizamos como sociedad las actuales y múltiples protestas en todo el país y fuera de él. Pues, si la sociedad tacha a toda protesta como problemática y negativa per se; si toda protesta se criminaliza y se ignoran las demandas, argumentos y circunstancias de los manifestantes; si la sociedad apoya el uso de la fuerza y la represión de la protesta; estamos destruyendo el camino hacia cualquier sueño democrático.

Este pobre intento de democracia mexicana no puede sobrevivir sin protestas y sin el consecuente diálogo. Estos grupos sociales que la sociedad preferiría desaparecer son parte de esta democracia y como parte de ella, su voz cuenta. Ellos, tanto como nosotros, existen en un entramado de relaciones donde su existencia y sus circunstancias estan directamente relacionadas con la nuestra. Continuar con esta falta de empatía, con este intento de silenciar las voces opositoras, esta represión, no muestra los quehaceres de una democracia sino de una dictadura.

La democracia conlleva un riesgo porque implica compromisos entre los diferentes sectores de la sociedad y estos compromisos pueden afectar a la sociedad cómoda y conformista. Este conformismo y cobardía expresada en la represión y la criminalización, aparecen como una incapacidad intelectual y social de entablar un diálogo y una falta de voluntad. Hasta la protesta violenta lleva un mensaje implícito y necesita una respuesta que demanda no solamente el uso de la ley sino el uso de la razón y la comprensión de los hechos. La protesta violenta es un acto desesperado pues los manifestantes bien saben que tiene consecuencias sociales, políticas y económicas en su contra. La protesta, violenta y no violenta son senales de alarma que buscan ser atendidas. El conformismo y la cobardía ante ellas separan aún más a los sectores de la sociedad y dificultan aún más la convivencia pacífica.

Finalmente, el ejercicio democrático es una tarea interminable, una lucha constante que implica la comunicación entre los distintos sectores que componen la sociedad. Prueba de su funcionamiento es la indignación ante las injusticias ajenas: la capacidad de mostrarse abierto y atento al reclamo de los otros.

Y la protesta en México, nos guste o no, violenta o no, si hace un llamado claro, tal vez no por las formas y maneras que un gran sector de la sociedad civil preferiría. El llamado es la indignación ante el abuso de las autoridades y las clases cómodas. Este llamado no es nuevo, es histórico. Este llamado generalizado, dentro y fuera de México y por distintos grupos sectores de la sociedad demanda ser tomado en serio. Este llamado esta apoyado de estadísticas y organizaciones internacionales como HRW, Amnistía Internacional y hasta el Departamento de Estado de los Estados Unidos y la ONU.

Si descartamos este llamado, si cerramos los ojos y los oídos, si apoyamos la represión de estos sectores de la sociedad, dejémonos de llamar democracia. Si nos indigna más la protesta que el claro y fragrante abuso de las autoridades y los poderosos ante grandes sectores de la sociedad civil, aceptemos lo que somos y siempre hemos sido: la dictadura perfecta. Una telenovela mal realizada de Televisa donde todos somos actores y seguimos este guión escrito por las autoridades y los poderosos que nos cuenta todos los días sobre este país de fantasía, de progreso, de derechos humanos pero sobretodo de perfectos y manipulables idiotas que consideran las protestas el peor de sus males ante la gigantesca crisis política, social y económica del país.

Sí, los manifestantes tienen la culpa, de todo. Desaparézcanlos. Uno por uno. Su aparición en las calles nos confronta con una realidad que la sociedad civil no quiere y/o no puede confrontar.

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Posted in: Indignados